La primera vez que llegué a esta ciudad lo hice de la mano de mi padre. Mientras intentábamos encontrar un lugar donde yo pudiera quedarme y estudiar la universidad, era un chico de pueblo, algo tímido y callado; realmente no tenía experiencia en el mundo exterior. Tras llegar a la central de autobuses me sentía bastante preocupado, ese día en particular era nublado, la lluvia azotaba mientras caminábamos; para mí era raro no ver niños saltando en los charcos. Mi padre decidió parar un rato esperando que la lluvia cesase y nos permitiera seguir nuestro paso, el solo me miraba y se concentraba en la lluvia. Así pasaron diez, veinte, treinta minutos; estaba desesperado y había estado marcando a distintos sitios donde tenían una habitación para quedarme, pero todos me rechazaban. Cuando marque al ultimo sitio, ya me había dado por vencido y me senté en el piso, mi padre me miro y dijo: -No te preocupes hijo, todavía tienes a tu padre, deja que la lluvia se calme y encontramos un lug...